OPINIÓN: Vacuna humanitaria








Victoria Márquez
@victoriamarquezp_


El COVID-19 trastocó al mundo entero. La pandemia que hoy afecta a más de 200 países ha permitido conocer que tan preparados se encuentran los gobiernos ante situaciones de alarma y que intenciones prevalecen frente al resguardo de los ciudadanos.

Algunos países tomaron medidas preventivas a tiempo y optaron por el bienestar común por encima de los intereses económicos. Otros hicieron hincapié en el bajo presupuesto existente para mantener a los miles de migrantes y decidieron enviarlos a casa, sin importar el riesgo que esto representa tanto para sus connacionales como para los extranjeros.

Todo el planeta se encuentra profundamente inmerso en la pandemia del coronavirus. Hasta hoy, hay 921.002 infectados y 71.740 muertos, según los datos oficiales.
La situación es bastante compleja. Entre la lucha por mantener la cuarentena y apoyar a los más vulnerables, la pandemia ha tomado una connotación crítica.

En el caso de los migrantes venezolanos, es inaudito concebir la manera en que han sido tratados en medio de una emergencia sanitaria de esta magnitud, tomando en cuenta el alto financiamiento que los países suramericanos han recibido para asistir la crisis humanitaria. Especialmente, Colombia y Ecuador, quienes hoy se hacen de la vista gorda y obligan a dichos extranjeros a un retorno forzoso, olvidando el riesgo que está aglomeración de personas representa para cualquier ser humano; ya que este virus no distingue raza, credo, nacionalidad o estrato social.

Es importante destacar la posición de los grupos de monopolios y transnacionales, quienes de cierta manera están sacando provecho de la la situación, despidiendo a trabajadores o limitando sus derechos. Muchos gobiernos, aprovechando el #COVID-19, prohíben derechos democráticos y sindicales. Su objetivo es seguir los desplazamientos y las actividades de los ciudadanos a través de medios electrónicos.

Esta situación ha desenmascarado otra vez más la barbarie del sistema social en el que vivimos, así como su incapacidad para enfrentar a las crisis en favor de los pueblos.

Por más que lo intenten, no lograrán poner la reflexión de los pueblos en cuarentena. No lograrán prohibirle a las mentes que reflexione y juzgue.

Por un lado, tenemos a la clase del proletariado, quienes arriesgan sus vidas en la línea de fuego contra el virus para poder sobrevivir, pues; un día sin trabajar, es un día sin comer.

Mientras que los grandes industriales, los reyes, están escondiéndose en sus palacios, los trabajadores manuales dan la batalla en la primera línea para producir alimentos, medicamentos, transportes, limpieza, comunicaciones, energía y todos lo necesario para que la vida sea posible.

Por otro lado, se encuentra la clase dominante que está especulando. Deshumana, y sin escrúpulos está sacando provecho de la pandemia, aumentando los precios, robando de los bolsillos de la gente sencilla, escondiendo los productos para generar escasez artificial. Como en las guerras, en las crisis también, ellos solo creen en un solo dios: el lucro.

Finalmente, el tema probablemente más controversial: ¿Quién carga todo el peso del tratamiento y la curación? ¿El sector privado o público? El sistema público de salud, así como los médicos y enfermeros están librando una lucha desigual, ya que los gobiernos, despojaron con sus políticas el sector público de mano de obra y de maquinaria; todos aquellos que durante años estaban gritando, pidiendo “privatizaciones y menos estado”.

Esperemos, los especuladores de los grupos privados que roban al sector público, a través de la venta de camas y pruebas a precios exhorbitantes, no sigan explotando el sufrimiento de la gente sencilla y en conveniencia con los gobiernos, manchen de sangre sus ganancias.

Muchos países se han preparado para la guerra, han invertido enormes cantidades de dinero para ello, para la prosperidad económica, pero.. ¿Invirtieron en la ciencia y en el personal de salud? ¿Sus hospitales pueden enfrentar una pandemia de este tamaño? ¿Tienen mascarillas suficientes ¿Respiradores? ¿Hospitales públicos? ¿Seguridad social? ¿Camas disponibles para la gente pobre?

Hay enormes carencias en el mundo.

Esto, aunado a la enorme competencia por ser el primero en obtener la vacuna, y no precisamente por la salud pública o el bienestar común que implicaría, pues todos saben muy bien que quien la descubra, disparará sus ganancias.


Esta situación ha desnudado las almas. Nos ha permitido ver más a allá de simples políticas económicas y sin duda, le ha regalado una gran lección al mundo: la vida humana no tiene precio y prevalece por encima de cualquier cosa.

No todos somos iguales ante la pandemia, es necesario unirse y olvidarse de lo terrenal que sin duda, nos ata, nos carcome como seres humanos.

Busquemos la vacuna humanitaria primero, busquemos la reinvidación de los seres humanos.